Durante la Edad Media, al igual que en épocas anteriores, los reinos cristianos eligieron el emplazamiento de Guardamar por su posición estratégica sobre un cerro elevado, cercano al mar y con amplio dominio visual sobre la desembocadura del río Segura. Este entorno privilegiado ofrecía recursos naturales abundantes y condiciones idóneas para el asentamiento humano.
La caza, la pesca y la recolección de plantas halófilas como la sosa y la barrilla, empleadas en la producción de jabón y vidrio, constituían la base de la economía local. Hacia poniente se extendían fértiles zonas de huerta, irrigadas gracias a un sofisticado sistema hidráulico que combinaba la fuerza motriz del río con ingenios de origen andalusí y cristiano.
Este conjunto hidráulico estaba formado por norias o ñoras movidas por la corriente fluvial, y por cenias accionadas mediante animales de tiro. Estas infraestructuras se complementaban con el molino harinero de San Antonio, alimentado por un azud o represa que regulaba el caudal, junto al cual se encontraba el puente histórico de acceso a la villa.
Los montes de Las Rabosas y Moncayo eran zonas de aprovechamiento forestal y cinegético, donde se obtenía leña, carbón vegetal y piezas de caza menor, mientras que el mar ofrecía una gran diversidad de recursos pesqueros y favorecía el desarrollo de artes tradicionales ligadas a la navegación y al comercio costero.
El modo de vida de los habitantes de Guardamar se caracterizó por un equilibrio entre el aprovechamiento del medio natural y la sostenibilidad de sus recursos, en un paisaje donde también destacó la explotación de las salinas, fuente esencial de riqueza y motor económico del entorno.









































